lunes, 13 de octubre de 2008

Noche de champañazo.

Hoy día desperté con una gran caña de la putafaker. Así que no me vengan con sermones y hueveos porque a la primera disparo.
De anoche tengo recuerdos en cuadraditos, todos impresos en fotografías clavadas en la mente. Igual me agradan. Ahora me río. Recuerdo el ron de las doce, los pisco sour de las doce y media, el whisky de la una, y la cachetada a esa vieja fascista estúpida a la una y media. Por eso fue que me expulsaron con escándalo del bar a las 2 de la mañana. ¡Malditos guardias! me levantaron tanto mi hermoso vestido, que toda avenida Providencia llegó a ver mis calzones morados. Por suerte me había hecho la brasilera hace dos días. A fin de cuentas, divertido. Lucía como la mujer de la foto de arriba. Yo no sé si ella, luego, tuvo mi mismo destino.
En la calle me encontré con gente fea y fome. Yo era un estropajo bonito. Mi pelo largo estaba desarmado, pero coqueto, una buena excusa para seguir sintiéndose rica, y perdón, mientras mina me encuentre, mina termino la noche. Por eso tomé el taxi llegando a la esquina. Por eso me dirigí a la casa del amigo sexual. En la puerta estaba él, exquisitamente semidesnudo. Mis ojos antes de mirar los suyos, observaban a ese pene gordo, que apretado desde el boxer me pedía auxilio: "Cómeme, mamita, cómeme". Por eso le di el vamos a aquello.
Agarrando el paquete suavemente y después quitando el boxer con furia, avirtiendo la forma grosera de su bulto asesino que apuntaba hacia mí. La manera de mirar a mi amigo erótico me calentó en un dos por tres. Mi boca roja sufría el síndrome de abstinencia total. Mi lengua no perdonó un centímetro de su miembro bien dotado. Mi saliva, mezclada con mi rouge, lo hacía brillar en la semioscuridad de la pieza ¡Parecía un helado de carne que no se acababa, que estaba vivo!.
El hombre, de arriba miraba la escena, concentrado en mi chupa y succiona. Él gemía y gemía. De mi vestido glamoroso sólo quedaba su recuerdo
vaporoso en la escalera. Mis calzones, húmedos estaban puestos, y no era aún el instante de quitarlos… Yo quería recibir en mi boca la descarga del fusil de mi amigo. "¡échamelo todo en la boca!”, le dije. Qué rico, el tipo me agarró del pelo fuerte, exigiendo que se lo siguiera chupando. Se vino el champañazo, dejándolo correr por mi cara para degustarlo. Tal como aprendí de las putas viejas, mi lengua devolvió el semen como si fuera un lubricante. Yo no me trago el semen de nadie. Esa es una de mis reglas rameras.
Y ahora estoy aquí, sola en su cama blanca de dos plazas, escribiendo en este notebook esta huevada. Tengo el cuerpo como acordión.
El ruido del centro de Santiago me distrae de los recuerdos. Son las once y media. Odio que Erótico no tenga cable, yo no soporto los programas de farándula, mejor me echo a volar.
Dispare los champañazo que quiera, ahí, abajo.